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La venganza de la madre monte
_ ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh!
De vez en cuando, durante el conticinio – o sea la hora mas
alta de la noche, en que todo esta en silencio -, los nativos escuchan un
chillido en la lejanía, que minuto a minuto se va agudizando, hasta el punto de
convertirse en un desesperante alarido que parte en dos las noches y las
madrugadas.
Cuando esto ocurre, los nativos se enteran de que una joven
mujer a dejado de ser doncella, no por la vía natural del amor si no por abuso
carnal, debido al capricho y a la fuerza de un macho irresponsable, que luego
la abandona y se da a la huida, burlando así la persecución de los familiares y
allegados de la muchacha.
Es entonces cuando hace su aparición la Madre Monte- también
se le conoce como la Madre Selva y la Marimonda-, la celosa matriarca que se
encarga de vengar el honor perdido castiga al macho abusador. Una noche, un
hombre de esta calaña huyó cruzando selvas y montañas, con el corazón tronante
y la conciencia intranquila. A medida que avanzaba, las ramas de los arboles se
le atravesaban por el cuerpo y la cara, haciéndole tropezar y presentándole
obstáculos en su nerviosa travesía.
Cuando al final se sintió vencido por la persistencia de la
naturaleza, se dio cuenta de que estaba siendo perseguido por la Madre Monte.
En ese momento, la mujer se le apareció mostrando solo una garra peluda que
súbitamente le propino una cachetada, seguida de un arañazo en el rostro antes
de hacerlo caer en un pozo oscuro y profundo.
Años después, el hombre arrepentido contó que la Madre Monte
tenia un rostro bello y severo a la vez, rodeado por una cabellera compuesto
por hojas cecas musgo de pantano y ramas negras. Lanzaba un chillido que a
muchos metros a la redonda esparcía un aliento putrefacto. Ese chillido es el
llanto con el cual la Madre Monte expresa a un mismo tiempo el dolor y la
furia.
Cuentan que la Madre Monte se alimenta de los fetos que las
bestias abortan en los campos cercanos a las selvas donde vive.
Cuando la Madre Monte se baña en los ríos para limpiar su
suciedad y su hedor se convierte en una mujer muy bella, límpida y reluciente
como el sol de las montañas, pero el mugre que ha dejado en el rio fluye por el
recorrido fluvial llevando a los puertos y a los caseríos la sarna, la
culebrilla, el tabardillo y otras repugnantes plagas que no son otra cosa que
la huella amarga de esta diabólica mujer.

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