El hombre caimán
Hace muchos años, en un pueblito a orillas del rio
Magdalena, un joven de piel aceitunada, ojos pardos y sonrisa perfecta, se
enamoro de una bella colegiala de rostro moreno claro y cuerpo delgado y
rítmico como una palmera.
Cuando la niña llegaba de la escuela ayudaba a su padre a
tender su negocio, una tienda donde distribuía arroz al por mayor.
El muchacho, por su parte, vendía frutas de casa en casa y
cuando terminaba su labor, se dedicaba a beber ron blanco y a comer arroz con
coco en la esquina de la tienda, y cada vez que pasaba por allí le dirigía a su
enamorada miradas y sonrisas coquetas a las que la niña correspondía
emocionada.
Pero el padre de esta
era tan celoso que ella evitaba cualquier roce con su apuesto enamorado.
Sin embargo, los fines de semana, la muchacha se iba en
compañía de las hermanas de su padre, a bañarse en el rio y allí el joven la
contemplaba extasiado, y a la vez desesperado, al no poder acercarse para
confesarle su amor.
Un domingo por la mañana, el joven se lanzó al río. Nadó con
gran destreza y luego se zambulló hasta alcanzar un remolino que se había
formado cerca de donde se hallaba la hermosa mulata.
Ella, al descubrirlo, se estremeció de alegría, pero al
mismo tiempo sintió un poco de miedo. En -ese momento, sus tías se hallaban
lejos de la ribera, preparando un refrigerio.
--- No temas--- dijo el muchacho tomándole una mano entre
las agitadas aguas--- Yo te quiero con todo mi corazón. la joven sintió que un
aleteo de felicidad le invadía todo el cuerpo.
Al sábado siguiente ocurrió lo mismo: de las aguas agitadas
del río surgió el joven enamorado, mientras ella se bañaba cerca de una enorme
piedra redonda y sus tías conversaban distraídas bajo un árbol de flamboyanes.
Estos encuentros se volvieron habituales y a medida que
pasaban las semanas y los meses, cada vez que el joven surgía de los remolinos,
su cuerpo se iba cubriendo de escamas, los ojos y la nariz se le agrandaban,
los dientes se le afilaban y se le alargaban sus extremidades, al punto de que
le fue surgiendo una larga y verdosa cola de caimán.
La joven mulata, loca de amor, se fue familiarizando poco a
poco con el reptil, al cual acariciaba, decía palabras de ternura y se sentía
protegida por sus garras resbalosas. Cuando estaba así, se sumergían en el gran
rio durante largos minutos. El joven había dejado de pregonar sus frutas de
casa en casa y nadie, excepto su enamorada, le había vuelto a ver en el pueblo.
Un sábado muy temprano, las gentes del pueblo vieron con
asombro a una criatura, mitas hombre y mitad caimán, entrar en la tienda del
celoso suegro y regar todo el arroz por el piso. Luego lo vieron dirigirse al
rio donde se bañaba la mulata.
Vieron también cuando el hombre caimán se sumergía en el rio
en busca de su amada. En mitad del rio, los amantes se abrazaron con furor y
luego nadaron entre las aguas turbulentas en el mismo momento en el que el
padre, enérgico y furioso, se acercaba a la ribera, lanzando gritos amenazantes
contra el enamorado de su hija.
Pero la feliz pareja se fue perdiendo en el fluir de las
aguas del Magdalena y desapareció para siempre ante la mirada atónita de los
centenares de pobladores allí congregados.

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